16 de mayo de 2010

Hoy no soñé. Es decir, hoy no pude dormir. Y claro, no pude soñar. O mejor dicho, sí, estuve despierta. Pero por un ratito apenas, por algo más que un segundo, soñé que dormía. No sé si alguna vez se los dije, pero cuando duermo no tengo miedo.

9 de mayo de 2010

No recuerdo el comienzo del frío. No recuerdo bien en qué momento la escarcha de la mañana empezó a ser una mala noticia. No recuerdo cuándo empecé a tener miedo. No recuerdo cuándo dejé de tenerlo. No recuerdo por qué un día las cosas no me importaron más. No recuerdo por qué un día volvieron a importarme. No recuerdo cuándo descubrí que sabía llorar. Sí recuerdo que estaba segura de no saber. No recuerdo cómo hice para resolver mi primer problema serio. No recuerdo cuál era. No recuerdo por qué empecé a pensar que muchas veces tenía razón. No recuerdo cuándo empecé a ponerme nerviosa al verlo a él. No recuerdo si eran exactamente nervios lo que sentía o era otra cosa. No recuerdo si esa otra cosa era mejor o peor que los nervios. No recuerdo en qué momento los gestos pasaron a tener importancia. No recuerdo si siempre la tuvieron. No recuerdo mi cuerpo sin el frío. Sí recuerdo mi cuerpo lleno de soledad y de vergüenza. No recuerdo mis manos. No recuerdo mi altura.
No me recuerdo yo.

6 de mayo de 2010

Corría por las calles oscuras de la ciudad como si eso fuera a servirle de algo. Como si corriendo pudiera alejarse de aquello que tanto mal le hacía. Como si corriendo pudiera huir de sí misma. Sentía como la sangre bombeaba en sus venas y como el aire entraba y salía casi con furia de sus pulmones. Sentía cómo las lágrimas caían por sus mejillas pero le era imposible determinar si eran producidas por su desesperación, su odio al mundo, su odio a sí misma; o simplemente por el frío. Probablemente fuera una combinación de todas ellas porque ese frío imperante le helaba la piel tanto como la tristeza le helaba el alma, y se había cansado de no querer sentir.
Decidió que correr no era la solución. Se detuvo un momento y se rodeó el cuerpo con los brazos. Temblaba. El único sonido que escuchaba era el de sus dientes al chocar unos contra otros, y el del aire al entrar y salir entrecortadamente de su boca.

Miró al cielo un instante, preguntándose por qué razón estaba en ese lugar. Mil interrogantes acudían a su mente al elevar la vista al infinito, pero ya no le quedaban fuerzas para ponerlos en palabras. Simplemente, se sentía hipnotizada por el misterio de las estrellas, sentía esa misma sensación inexplicable de nostalgia, de no estar en el lugar al que pertenecía, de no saber quién realmente era, de querer algo más del mundo de lo que estaba recibiendo, pero no saber qué. De no estar segura de su nombre. De no estar segura de lo que sus ojos veían, de lo que sus oídos escuchaban, del suelo que la sostenía.
Casi por inercia, comenzó a caminar. No tenía idea de adónde se dirigía pero cualquier cosa era mejor que esa quietud y esa soledad y ese frío agobiante. Enloquecía al tratar de encontrar algo que llevara su mente lejos de esos interrogantes y esos recuerdos que carcomían su conciencia y no la dejaban respirar. Se concentraba en cada paso que daba, escrutaba cada sombra, con tal de contener los pensamientos que desbordaban su mente.
Sentía que ya no estaba atada a nada, que no había nada en su vida que la retuviera a permanecer. Que si era capaz de vivir con eso que la destruía segundo a segundo, podría vivir con cualquier cosa. Se dio cuenta de que se acercaba al mar al oír el batir de las olas al romper.
Miró sus manos blancas a la luz de la luna y súbitamente pensó en el mundo. Pensó en la vida. Pensó en el cielo. Pensó en la muerte. Pensó en su existencia. Pensó en el mar, tan cercano, y tan lejano. Pensó en ella, en quien creía ser. Pensó en el hielo, el fuego, el odio y el amor.
Pensó en su tristeza infinita, y en que la inmensidad del universo podía fusionarse con ella, porque su constante desolación y su miedo a perderse (a seguir perdiéndose) sólo podían ser contenidos por un cielo infinito, por un mar en calma.

Una ráfaga de viento aclaró sus ideas dispersas. Sus pensamientos revivieron de su obligado letargo. Su respiración se regularizó y reflejó la determinación inquebrantable de su corazón. Su cuerpo se olvidó del frío y su alma supo al fin qué era eso que buscaba. Caminó en dirección al océano. Casi podía sentir como la desesperación se desvanecía, como si su mente supiera que pronto todo terminaría. Que pronto concretaría sus anhelos. Que la solución que desde hacía tanto tiempo la rehuía, estaba ahora al alcance de sus manos.
Vio el horizonte iluminado por la luna, y el reflejo de ésta en el agua, y, sorprendida, se descubrió maravillada por lo que estaba observando. Y esa sensación de alegría, le era tan desconocida que hizo flaquear su certeza por un momento, pero al instante se dio cuenta que eso mismo era lo que buscaba. Que quien ella era, y hacia donde su vida se dirigía, y el sentido de su existencia coincidían exactamente con ese impulso imparable que seguía sintiendo. Se acercó al acantilado. Miró por última vez la maravilla del universo, pero sin interrogantes ya. Conocía la respuesta y sabía, en lo más hondo de su ser que ésta vez no se equivocaba. Miró a las estrellas, miró el ondular de las hojas de los árboles que bailaban con el viento, miró las olas, miró sus manos blancas y por último, miró al horizonte. Respiró profundamente y se lanzó al vacío.
Sintió libertad, sintió paz, sintió la inmensidad en cada parte de su escencia. Y qué lindo era sentir. Sintió con todo lo que ella era en el momento exacto en el que creía que ya no era capaz de sentir más nada. Olvidó su dolor. Olvidó quién creyó ser. Olvidó su cuerpo. Olvidó el odio. Olvidó la muerte. Olvidó al olvido. Se sintió completa. Y en el momento exacto en el que su cuerpo debió impactar contra el agua, voló.

5 de mayo de 2010


Y entonces, no tengo más remedio que mirar a la puerta. Porque quiero ser una de ellas y que él sea uno de ellos. La puerta que miro me comunica con mi esperanza, con mis deseos de encerrarme para siempre en el Santuario y entregarme por fin a un mañana.
Nunca se me había ocurrido pensar que el amor necesita saber que al día siguiente, va a tener para besar la misma boca que tuvo ayer.

Hasta ahora, el tiempo era para mí algo que simplemente pasaba y que se moría de a poco.
Ahora es una exigencia. Hoy, que el estómago me tiembla a cada rato y que tengo una especie de alegría que me recorre la piel, necesito de los minutos como del calor.
Si pudiera, me comería a mí misma para hastiarme por fin de algo que estuviera lleno de ganas.


La puerta no se abrió nunca. Y yo, que lo único que quería era verlo entrar, sentir al fin la sensación de un regreso... Yo, la última, espero a alguien y ya no soy únicamente una condenada. Soy ésta espera que se me está haciendo infinita y dolorosa. Estoy haciendo cosas y entonces vengo para acá y miro a la puerta, pero no sirve de nada mirarla, porque todavía no se inventaron miradas que vean puertas abiertas ahí donde hay una puerta que sigue tan cerrada y tan indiferente y tan puerta inmóvil como siempre.
Lo obvio es que algo debió haber pasado. Algo seguramente no salió bien y entonces pienso que si algo no salió bien, soy yo la que no salió bien, la que no sale bien nunca. Me miro con mis amigos. Ellos me entienden. O sea, mejor dicho, me miro con mis amigos para que me entiendan. Para que sepan que yo sé que miramos, pero que me hace bien que ellos comprendan que yo miro más que ellos, que yo miro distinto, que miro y me prolongo en esa ausencia que es la puerta cerrada, que mis ojos atraviesan el acero y salen al aire helado para buscarlo, a decirle que no se preocupe, que nada salió mal, que nada puede salir del todo mal mientras mis ojos puedan volar. Pero también sé que sigo acá y que ya no tengo nada que hacer salvo sentarme en un rincón a llorar, a sentir esas manos que me apoyan, que no son sus manos pero igual sirven.

La puerta sigue cerrada y a mi me duele la piel.
Everything about you is so easy to love...

3 de mayo de 2010

Silencio.



Mi casa tan lejos del mar.
Mi vida tan lenta y cansada.
Quién me diera tenderme a soñar,
una noche de luna en la playa.

Morder musgos rojizos y cálidos,
y tener por fresquísima almohada,
un montón de esos curvos guijarros,
que ha pulido la sal de las aguas.

Dar el cuerpo a los vientos sin nombre,
bajo el arco del cielo profundo,
y ser toda una noche, silencio,
en el hueco ruidoso del mundo.

Juana de Ibarbourou

1 de mayo de 2010

Vente con nosotros, y no mires atrás,


Estamos juntos hasta el fin.



Somos lo que hacemos, no pidas perdón,



Que el viento sople a tu favor.

02VIII17

Lo que no se pierde ni se encuentra habita siempre en su lugar Incluso cuando es ignorado, incluso cuando es malentendido. Hemos unido lo...